Grito sin eco.
Así lo sentí. Entrando en lo profundo de la pared,
yacía Marx llorando su comunismo:
distopía de mierda, mientras un Ruso lo consolaba.
¡Libertad, libertad del hombre por el hombre! Jaula de
lobos camuflada en
democracia. Democracia social que solo se ve en
banquetes de burócratas,
camufladas en mártires. Morimos con la ilusión de
presenciar el cambio, el gran
cambio, cuando ese cambio no existe.
Y si pudiera existir, estaría en nuestro yo, nuestro
ser. Ese ser que brama por vivir y morir a la vez, en el absurdismo de la vida.
Volteé, y allí estaba. Miraba, sentado en chanclas,
fijamente. Gritó.
Gritó sin eco:
¡Responsabilidad, responsabilidad existencial!
Solo la valentía nos lleva al abismo, y ahí creamos alas.
Grito, grito, grito sin eco.
Antígona: leyes por la moralidad.
Y el resultado: esclavitud y pobreza mental.
Caminaba pensando y tropecé con el sabor de mi mentira.
El héroe, el héroe europeo.
La fábrica está ya, pero un rotundo “no” entró en mi
mente.
Los londinenses y sus vejámenes.
La prostitución de la iglesia en nombre de Dios, por
el poder.
Grité, pero no tenía eco.
¿Dónde está la salvación, la libertad humana y el
cambio?
En este punto, la fe y la política son unas perras.
Y la vi.
Ahí estaba ella.
Pertenece al mundo de las formas, porque es perfecta.
Y esas piernas caminaban hacia mí.
Con sabiduría y elegancia: encárnate en mí.
La escuché susurrándome al oído:
“Malditos, malditos todos.”
Y grité, esta vez con eco.
Partí los prejuicios de mi alma.
Mis demonios corrían, y los demás se ahogaban en su
veneno.
Y lo entendí:
Lo que buscas está dentro de ti.
Por: Carmelo Santiago.
Nunca había leído algo así, muy interesante.
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