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El sonido de mi música no la alcanza



Todas las tardes practico con mi flauta dulce.

Lo hago en un lugar húmedo, solitario y sin ningún oído que pueda escucharme cerca.


El sonido de mi flauta no cautiva a nadie.

A nadie que la escucha le gusta mi melodía.

Siento que mi flauta no es dulce, más bien es amarga.

Todos, al escucharme, arrugan la cara.

Al parecer, solo a mí mismo me gusta el sonido de mi música.

Solo a mí me gusta despejarme para oír el sonido de mi flauta dulce.

O tal vez, solo tal vez…

mi oído es el que está mal.


No tengo oído absoluto.

Mi música no es la favorita de nadie.

Creo que mi música es mi perdición:

es la que me aleja,

pero también la que me encuentra siempre solo.


Es la que conmueve a mi triste soledad

y la hace dulce.

Otros prefieren escuchar otra cosa.

Yo escucho mi flauta para escapar de los demás,

para escapar de mí.


No suena más mi voz.

Suena mi acompañante,

mi amante,

mi mejor amiga.


Ella siempre está allí.

Ella no necesita un oído absoluto.

Ella me necesita a mí,

y yo a ella para escapar del ruido de los demás.


Yo, para escucharla.

Y ella, para oírme suspirar,

para tranquilizarme

y asegurarse de que siga respirando.


Pues ella es la encargada

de que ahora mismo

no esté llorando,

y esté respirando.

Por: Lumar Carranza

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