¿Cuándo me convertí yo
en padre? ¿Cuándo me convertí yo en el sol? Quizás fue esa vez que el mundo que
me crió lloró y solo yo pude verlo. Quizás fue esa vez que mi sol se apagó y yo
lo abracé. Quizá fue cuando todo mi universo se quebraba a mi alrededor y mi
única opción fue sonreír por ellos. Porque, aunque un niño no pueda ayudar a un
adulto, lo va a intentar, aunque tenga que entregar su corazón en el proceso.
Quizás por eso brillo, quizás por eso no puedo evitar correr al escuchar a
alguien llorar. ¿Podré ayudar a todos? La respuesta no importa.
Nunca pedí ser padre,
realmente nunca quise ser uno, pero últimamente no puedo dejar de pensar que la
vida me puso a mí en ese papel y que ni siquiera lo había notado. Hoy, viendo
más a fondo mi vida, me doy cuenta de que sí, he tenido la suerte de ver a
personas a mi alrededor crecer, personas que cuando las conocí no eran más que
pequeños niños buscando un consejo, un amigo, alguien en quien confiar. Sin
dudar, fui la mano de esos niños; los tomé y caminé junto a ellos. Así el miedo
fueron perdiendo, y yo, como un padre orgulloso, solo puedo verlos y sonreír
con alivio porque ya no me necesitan. Aun así, el dolor de verlos tan alejados
de mí es extraño. El escándalo de las risas y los llantos a mi alrededor cesó,
pero eso no me hizo más feliz; solo me dejó más solo de lo que ya estaba.
No me olviden, mis
niños, yo aún sigo aquí. Quizás no comparten sangre conmigo, quizás ni siquiera
los crié, pero ahí estuve. Los vi llorar, los vi reír y estresarse. Me
confesaron sus temores, me demostraron sus fortalezas, y yo, como una luz
brillante en el cielo, solo pude apoyarlos, brillar para ustedes, mis niños.
Hoy por hoy me
encuentro con otros pequeños. No es tan diferente nuestra edad, pero los veo, y
solo veo pequeños niños tristes. Sonríen todo el tiempo y son hermosos al
sonreír, pero conozco su verdad, y al conocer su verdad ya no puedo verlos
igual. Los veo como niños sentados en un cuarto oscuro, esperando que la puerta
que tienen justo al frente se abra y los llene de una cálida luz. Oh, mis
niños, yo brillaré por ustedes... o al menos, eso intento.
De mis niños hay de
todo tipo. Una de ellas está tan confundida y hundida en la oscuridad que, a
veces, la luz le es fastidiosa. Aun así, no puedo evitarlo: me acerco a ella y
la cuido, porque tal como lo veo, ella luce como yo. Otra de mis niñas posee
luz, es un sol que brilla incluso más que yo, pero está tan asustada que no
sabe cómo brillar. Otro de ellos es increíblemente talentoso, pero él no cree
que sea así. Tengo una que quiere hacer felices a todos, y al no lograrlo
simplemente vuelve a su caparazón. Tengo un niño muy emocional que niega sus
emociones porque no quiere que los demás se preocupen por él. Tengo otra que
simplemente no entiende sus emociones y tiene que lidiar con ellas todo el
tiempo.
Mis niños, uno tras
otro, llegan, y uno tras otro se va. Tengo una luna que debo cuidar y un mundo
que me preocupa que se me acabe. Me convertí en luz, en la luz que el pequeño
yo siempre pidió. Lo siento, pequeño, porque no me tuviste... pero ahora ellos
me tienen. Y no me detendré hasta verlos irse de mí, felices.
Por: Russel Ulloa
Eres un gran escritor, te admiro mucho
ResponderEliminarEl cuida de todos, pero quien cuida de el?
ResponderEliminarLo sentí en la carne, como si cada palabra fuera un latido profundo de algo que llevo adentro. Ser esa luz que otros necesitan, dar todo sin que te pidan nada, y luego quedarse solo cuando ya no te necesitan... duele más de lo que imaginaba.
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