Ella solía aparecer en mis sueños. Siempre. Su rostro irradiaba una felicidad extraña, suave… pero nunca hablaba. Eso me desconcertaba. Al principio, parecía disfrutar de mi presencia. Se reía, pero sin emitir ningún sonido. Y, aun así, con sus gestos, con esos pequeños detalles que me ofrecía sin pedir nada a cambio, me hacía feliz. Y yo sentía que a ella también le gustaba verme así, sonriendo, tranquilo.
No hablaba, pero sentía. Y sentía mucho.
Le gustaba estar allí, aunque nunca dijera una palabra.
Había algo más que me inquietaba: no podía ver con claridad su rostro. No porque estuviera borroso, sino porque su belleza era tan evidente que no sabía si era real o si mi mente se negaba a entenderla del todo. Con el paso del tiempo, llegué a sentir que me amaba. Pero había algo en ella, un temor silencioso. Le asustaba que yo me acercara. Y no por lo que hacía, sino por cómo la miraba. Como si mi forma de verla la desarmara. Como si no creyera que alguien pudiera mirarla así.
Ella no solía acercarse a nadie, pero conmigo parecía distinta. Le gustaba estar cerca. Aunque no lo dijera con palabras, sus ojos hablaban por ella. Me miraba como yo la miraba a ella… pero al notarlo, parecía huir.
Una noche, el sueño cambió. Ella parecía escaparse. Y yo… me sentí vacío. Había tristeza en mí, porque no entendía lo que pasaba. Siempre soñaba con ella. Cada noche. Y de pronto, su ausencia.
Pero volvió.
Como siempre, apareció en mis sueños. Esta vez llevaba unas flores de papel entre las manos. Me miró y me dijo que yo le gustaba. Su voz era frágil, temblorosa, pero real. Esa confesión me atravesó. No supe cómo reaccionar. La alegría que sentí fue tan intensa que me dejó en silencio. Siempre he sido transparente con lo que siento; la gente lo nota… pero esta vez no supe cómo demostrarlo. Solo la abracé.
Y al soltarla, por fin, vi su rostro completo. Ya no lo ocultaba. Y tuve la extraña sensación de haberla visto antes. No sabía dónde. Tal vez en otra vida. O tal vez en esta, en un instante que ya olvidé, pero que el alma guardó.
Mientras despertaba, ella lloraba. Me dijo que esta vez sí me dejaba ver su cara. Que perdonara si antes no hablaba, que nunca supo cómo expresarse bien. Pero que su amor por mí era sincero. Y que con solo verme reír, con solo saber que yo existía, la vida ya no le pesaba tanto.
Y eso mismo me pasó a mí.
Desde que apareció, sin rostro claro, sin palabras…
ella hizo que la vida también me pesara menos.
No era solo un sueño.
Esa mujer existe.
Y de mis sueños, ella se desvaneció.
Por: Lumar Carranza
Boff que nivel hermano, que te den el título
ResponderEliminarEl texto es precioso, íntimo y emocionalmente honesto. Solo te diría que algunas ideas se repiten un poco; podés pulir eso para que el impacto sea más directo.
ResponderEliminar(Realmente me haces cuestionar mi existencia xd)