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Cuando el dolor piensa por mí


Debo tomar dos o hasta cuatro analgésicos al día para poder pensar. Es como si el dolor de cabeza tomara toda mi capacidad para soportar la existencia. No me deja concentrarme, no me deja recordar, no me deja hablar, no me deja respirar. Duermo con dolor y despierto con dolor; parece ser mi compañero fiel, el que no me abandona. Mi mente parece trabajar más lento, y hasta puedo sentir cómo se detiene por momentos. Mi cuerpo va más despacio, y hasta me cuesta caminar, y tan solo tengo 19 años. Creo que mi cuerpo ha envejecido más rápido por la carga de mis pesares, pesares que me han acompañado por mucho tiempo. Llevé mi mente al límite, y ahora el que sufre es mi cuerpo. A veces me siento tan cansada que ya no puedo distinguir si es físico o mental; puede que sea ambos, pero eso ya no importa. El dolor me ha acompañado por unos dos años y un poco más; unas veces no duele tanto, otras veces duele más, pero ahí siempre está. Es tanta su intensidad, que hay días en que opaca mi agonía mental, no hay cabida para un solo pensamiento. Este dolor incapacitante, el que me hace sentir inepta y estúpida, me va a acompañar siempre, así que tengo que abrazarlo, porque es lo único que se va a mantener a mi lado.

Por: María Camila Núñez

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