Ahora bien, siendo clara la dependencia ontológica que tiene la tecnología con respecto a los humanos, la pregunta inicial se torna un poco obvia, ¿Cómo puede ser que la tecnología siendo dependiente al humando, pueda remplazar en su totalidad a este último? ¿Cómo es posible que exista la vida sin agua? Si quitamos al ser humano de los procesos tecnológicos, cuantas fabricas durarían en pie y funcionales (Bunge, 2012. Pag 27). Si le quitamos el agua a la vida, cuantas especies sobrevivirían. Al igual que la vida es dependiente al agua, la tecnología es dependiente al humano. Si no existe la cosa por la cual se depende, el que depende no tiene probabilidad alguna de existir. O al menos, eso es lo que nos dicta nuestro sentido común.
Cuando nos encontramos con grandes avances tecnológicos, como la IA, parece que las apreciaciones de nuestro sentido común tambalean al son del miedo y la incertidumbre. Esto pasa no solo porque solemos ser susceptibles a propaganda amarillista que difunden información falsa desde la emoción para generar más emoción, atención y dinero, sino también por ese miedo que nos produce ver tanta tecnología antropomorfizada. Cada vez más, la tecnología pareciera dar a entender que busca emularnos como especie y remplazarnos por completo. Sin embargo, la tecnología no es más que el medio que usamos para innovar. En este orden de ideas, no es la tecnología la que va a emularnos y a remplazarnos, somos nosotros mismos avanzando y mejorándonos por medio de la tecnología. Los robots, la IA y todas estas tecnologías son herramientas inspiradas en nosotros mismos (inteligencia, capacidad motriz, etc.) para mejorar lo que hacemos, nunca podrán remplazar nuestra creatividad y voluntad. Sus acciones no están motivadas por necesidad, no las tienen, sus acciones están programadas para suplir las necesidades humanas.
Si bien, después de lo antes expuesto parece descabellado un remplazo absoluto por parte de la tecnología a los humanos, parece que existe un pequeña posibilidad que esto pase. La razón se halla en lo profundo de nosotros: en nuestro cerebro. A pesar de que el miedo actual de un remplazo es injustificable, muchos filósofos, científicos y programadores, sostienen que mientras sigamos lejos de comprender la complejidad del cerebro, una tecnología consciente que pueda tomar la decisión arbitraria de remplazarnos es imposible de crear. Pero, ¿qué pasaría si descubrimos ese misterio de nuestro propio ser, y replicamos ese conocimiento? “No tengo ninguna duda de que las máquinas que funcionen con los mismos principios que el cerebro serán conscientes. Los sistemas de IA actuales no funcionan así, pero en el futuro lo harán y serán conscientes.” (Hawkins, 2023. Pag 166). La cuestión ahora es ¿Si una tecnología toma consciencia seguiría siendo una tecnología?, ¿Acaso no sería un ente como nosotros formado por medio de la tecnología?, ¿Si este ente creado por medio de la tecnología nos remplaza sería un remplazo ejecutado por la tecnología?
Ciertamente que hablar de un remplazo bajo este parámetro y todos los escenarios posibles se torna distopico. En todo caso, habría una fusión con la tecnología, una interiorización mucho más íntima de esta para resolver problemas y mejorar la calidad de vida de los seres humanos, pero no un remplazo absoluto. Si el futuro está en las maquinas, el futuro está sometido a la voluntad humana.
Por: Cristian Romero.
Bibliografía
Bunge, M. (2012). Filosofía de la tecnología y otros ensayos. Fondo Editorial de la UIGV.
Hawkins, J. (2023). Mil cerebros: Una nueva teoría de la inteligencia. Tusquets Editores.

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