Ir al contenido principal

Creo que me amaste, o tal vez fue ayer, bueno creo que ya hace tiempo fue que lo hiciste.



Hay personas que sienten distinto.

No más, ni menos. Solo distinto.

Como si tuvieran el alma sin piel y cada gesto, cada palabra, les tocara directamente el hueso del ser.


Él era así.

Sentía con una intensidad que asustaba.

Amaba con la esperanza ciega de quien cree que el amor, si es verdadero, puede con todo.

Y dolía… dolía como si el cuerpo entero le hablara cuando las cosas cambiaban.


Un día, el calor se volvió distancia.

La dulzura se volvió brevedad.

Y los ojos que antes lo buscaban, ahora pasaban de largo.


Él lo notó, claro que sí.

Primero se culpó: tal vez estoy pidiendo mucho.

Luego se quebró: ¿y si ya no me quieren como antes?


Empezó a hablar más, no para reclamar, sino para suplicar:

escúchame, por favor.

solo quiero sentir que importo.

solo quiero que me abraces como antes, cuando no tenías que pensarlo dos veces.


Pero no fue escuchado.

O tal vez lo fue, pero no comprendido.

La respuesta era siempre el frío.

Un silencio que no gritaba, pero tampoco curaba.


Él empezó a pensarse como un error.

Demasiado frágil.

Demasiado demandante.

Demasiado él.


Y eso, en un mundo que romantiza lo fuerte y lo callado, era su condena.


A veces pensaba que el amor debería doler menos.

Que no era justo que al hablar de sus heridas lo hicieran sentir como un peso.

Que no debería sentirse culpable por necesitar ternura.


Pero ahí estaba, pensando que el problema era él, porque sentía mucho.

Porque pedía cuidado como quien pide pan: no por capricho, sino por hambre.


Quiso alejarse, pero algo lo ataba.

No era dependencia. Era esperanza.

La pequeña fe de que todo podría volver a ser como antes.

Los ojos llenos de brillo. Las risas sin explicación.

El amor sin condiciones.


Sin embargo, también sabía que nada vuelve a ser lo que fue.


A veces pensaba que tal vez ella aún lo amaba, pero de una forma distinta.

Una forma que ya no lo tocaba.

Una forma que se guardaba para cuando ella estaba bien,

y lo apartaba cuando no podía con sus propios fantasmas.


Y él, que amaba incluso cuando dolía, se quedó ahí, sin saber qué hacer.

Sin saber si esperar.

Sin saber si irse.

Sin saber si lo que sentía era amor o solo costumbre disfrazada de esperanza.


Una noche, se sentó solo, sin música ni distracciones,

y escribió:

No quiero amor a ratos. No quiero amor cuando todo está bien.
Quiero alguien que me mire incluso cuando estoy roto,
y diga: aquí estoy, no me voy.

Pero ya no sé si eso existe para mí.


Cerró los ojos.

Y por primera vez, no buscó respuestas.

Solo respiró el vacío.


No supo si era el final, el comienzo o solo un punto más en medio del dolor.

Pero entendió que a veces no hay que entenderlo todo.

Solo sentir, resistir, y seguir viviendo con las preguntas a cuestas.

Como quien camina con una herida que aún no sabe si cicatrizará

o se volverá parte del cuerpo para siempre.


Por: Lumar Carranza.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Un padre de familia

¿Cuándo me convertí yo en padre? ¿Cuándo me convertí yo en el sol? Quizás fue esa vez que el mundo que me crió lloró y solo yo pude verlo. Quizás fue esa vez que mi sol se apagó y yo lo abracé. Quizá fue cuando todo mi universo se quebraba a mi alrededor y mi única opción fue sonreír por ellos. Porque, aunque un niño no pueda ayudar a un adulto, lo va a intentar, aunque tenga que entregar su corazón en el proceso. Quizás por eso brillo, quizás por eso no puedo evitar correr al escuchar a alguien llorar. ¿Podré ayudar a todos? La respuesta no importa. Nunca pedí ser padre, realmente nunca quise ser uno, pero últimamente no puedo dejar de pensar que la vida me puso a mí en ese papel y que ni siquiera lo había notado. Hoy, viendo más a fondo mi vida, me doy cuenta de que sí, he tenido la suerte de ver a personas a mi alrededor crecer, personas que cuando las conocí no eran más que pequeños niños buscando un consejo, un amigo, alguien en quien confiar. Sin dudar, fui la mano de esos niño...

El grito de los malditos

Grito sin eco. Así lo sentí. Entrando en lo profundo de la pared, yacía Marx llorando su comunismo: distopía de mierda, mientras un Ruso lo consolaba. ¡Libertad, libertad del hombre por el hombre! Jaula de lobos camuflada en democracia. Democracia social que solo se ve en banquetes de burócratas, camufladas en mártires. Morimos con la ilusión de presenciar el cambio, el gran cambio, cuando ese cambio no existe. Y si pudiera existir, estaría en nuestro yo, nuestro ser. Ese ser que brama por vivir y morir a la vez, en el absurdismo de la vida.   Volteé, y allí estaba. Miraba, sentado en chanclas, fijamente. Gritó. Gritó sin eco: ¡Responsabilidad, responsabilidad existencial! Solo la valentía nos lleva al abismo, y ahí creamos alas. Grito, grito, grito sin eco. Antígona: leyes por la moralidad. Y el resultado: esclavitud y pobreza mental.   Caminaba pensando y tropecé con el sabor de mi mentira. El héroe, el héroe europeo. La fábrica está ya,...

Mi peor enemigo

Todos corren, todos hacen, todos viven. ¿Y yo? ¿Por qué no puedo? A veces intento hacer un esfuerzo por mí, pienso que tal vez esta vez podré correr, crear y vivir al igual que todos. Pero se ve tan lejano. Y más que lejano, inalcanzable. Quería ser artista, pero nunca me sentí lo suficientemente buena. Quería dirigir cine, pero mis ideas me suenan vacías. Quería ser escritora, pero lo que escribo no me sabe a nada, me parece insípido. Siempre hay un “pero” detrás de todo lo que quiero. Pero esto. Pero aquello. Pero yo. Y al final no hago nada, porque los peros me aplastan, o porque mi mente ya me ha vencido antes de empezar. ¿Cuándo voy a hacer algo sin sentir que no valgo? Tengo mil ideas en la cabeza, mil imágenes, palabras, escenas, como si mi mente no pudiera dejar de crear. Pero justo cuando creo que puedo empezar, algo dentro de mí se quiebra. Una voz aparece. Una pequeña sentencia que me dice que no soy capaz. ¿Lo soy? ¿Soy capaz? ¿Por qué siento que no?  Y me dicen floja p...