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Carta a un fracasado

 

Buenos días, si es que por allá es de día. Hace ya un tiempo tenía ganas de escribirte, mi viejo y querido amigo. Me enteré de que nuevamente estás buscando la manera de triunfar, y me alegra saber que no te has rendido. Aun así, mantén cautela, porque cuando te va mal con estas decisiones arriesgadas, sueles reaccionar de forma desmedida. Te pido, por favor, que cuides mucho tu salud; y con eso no me refiero solo a la física, amigo. Sabes bien que en las noches frías de diciembre terminas en llanto y alcohol por aquellos días de antaño, esos en los que crees haber sido feliz de forma pura, y olvidas cada dificultad que enfrentaste en cada proceso.

Querido amigo, te recuerdo que no estás solo. Mi motivo al escribirte no es solo saludarte, también quiero recordarte eso último. Sé lo melancólico que eres, lo fácil que te entregas ante tu amante, lo mucho que la buscas. No te precipites: tu querida y dulce muerte aún está esperando por ti. No debes sentir ningún afán por ir con ella. En verdad, tu bella dama aún no quiere verte; le prometiste algo, querido amigo. Le prometiste que brillarías, como brilla el sol para todos en el mundo. No olvides eso, por favor.

Sé que mi inicio parece algo tortuoso, incluso sin sentido, pero solo busco hacerte entrar en razón. Sé cuánto te torturas. Una y otra vez te criticas, te lamentas por no tener el tiempo suficiente para aprender todo lo que quisieras. Pero no necesitas tanto tiempo. Aunque estas palabras te decepcionen, no hay en el mundo alguien que haya vivido lo suficiente para aprenderlo todo; el mundo siempre estará lleno de misterios. Despreocúpate un poco. Debes centrarte en el núcleo de tus pasiones.

¿Recuerdas, amigo mío?, ¿puedes recordar lo talentoso que eres? Estoy seguro de que no. Has vivido tu vida negando tu talento, porque al aprender descubriste que no eras el único con saber. Pero eso está bien, querido amigo. Si fueras el único sabio en el mundo, no podríamos avanzar tanto como lo hacemos ahora. No entiendo tu dolor, y eso me lastima, porque si lo entendiera quizás aún andaríamos juntos como en aquellos años de juventud. Tal vez alguna vez fui como tú, pero ya no más. Aclaro que aún estoy buscando mi lugar en el mundo, pero ya no sufro por aquello que no puedo tener: el conocimiento, el dinero o el poder. No obtuve todo lo que deseábamos en nuestra juventud, aquello que tantas horas de planeación no lograron poseer. Pero, amigo mío, qué gusto da saber que pude planear y reír a tu lado mientras perseguíamos los deseos de la carne. Un deseo invaluable que hoy veo con gratitud: sin aquellos días del pasado jamás habría zarpado, y sin esos errores no habría crecido.

Oh, mi amigo, espero que hayas dejado atrás esos deseos del pasado. Esos deseos entorpecen tus sueños. El saco que los arropa solo hará que tu barco de sueños se hunda en el mar.

Recuerdo cómo hablabas de ser un fracasado. No olvido cómo te referías a tu bella amante cuando todo fallaba. Esa amante era tu consuelo: te drogaba con dolor, y tú lo aceptabas en el vacío de tu corazón, ese vacío que creías poder llenar corriendo con ese saco de deseos efímeros. Debiste darte cuenta de que tus deseos solo se cumplirían si no olvidabas tu núcleo; los verdaderos anhelos de tu corazón solo podían encontrarse en los sueños, en esa imaginación incognoscible que pertenece al alma.

Mi amigo, ¿cómo no pudiste notar la dulce ironía de la vida? Quien busca con desesperación puede encontrarse con la triste realidad de no hallar nada. Y, aun así, quien busca con paciencia puede que encuentre más de lo que esperaba. El ironismo de la vida es cruel, pero sabio. Tú, que lloras llamándote fracasado por no poder seguirle el paso a los demás; tú, que crees que corriendo sin descanso llegarás más rápido... Aún no lo notas, mi viejo y querido amigo: nadie está corriendo. Las líneas no están a tu lado. Ni siquiera tienen la misma distancia. Tú, que siempre vas conmigo en mi corazón, aún no te das cuenta de que estás corriendo encadenado a la avaricia del deseo.

Ojalá esta carta te llegue a tiempo. Ojalá incluso ya hayas descubierto la realidad. Ojalá, mi querido amigo, ojalá. 

Por: Russel Ulloa

Comentarios

  1. Suena honesta, cercana, y con una melancolía que no se siente forzada, sino necesaria. Logras un equilibrio precioso entre la tristeza y el consuelo, como si hablaras desde una herida que ya aprendió a abrazarse. Tiene alma, y eso no se finge.

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  2. Me sorprende la calidad de estos textos que suben acá, increíble.

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